Se nos fue...
- Caresu

- 29 ago 2020
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 2 sept 2020
Brincaba por el jardín todos los días justo cuando los rayos del sol no estaban del todo bañando la tierra. llevaba los pies desnudos pues amaba el olor del pasto y la sensación de cosquilleo que le daba en la planta de los pies.
Llevaba un pantaloncito de mezclilla azul, con peto con corte capri, y una camiseta azul pálido y un sombrerito de paja, en el bolsillo derecho llevaba dos galletas de avena que tomó de la cocina justo cuando pasaba por ahí, le pareció escuchar lejos la voz de su abuela que le decía: Espera tómate un ... la puerta se cerró no alcanzando a escuchar con terminaba la frase.
Cuando se paró afuera la sensación de libertad era extraordinaria aspirar el aire que llena cada célula de su pequeño cuerpo, movía sus brazos como si danzara con una música interna y sonreía tanto que podría opacar a la misma luna, pues resplandecía una luz en su interior muy profunda, quizá venía de sus antepasados o de algún sistema solar lejano donde pensaba que pertenecía.
Camino despacito, para no herir la hierba, se sentó frente al pequeño estanque que tenían en casa donde había unos patos rouen y abacot ranger eran 5 para ser exactos, habían nacido la primavera pasada y sus parpeos típicos eran una melodía en conjunto con el sonido del agua que fluía desde una pequeña fuente hecha por su abuelo.
El paisaje todos los días le recordaba cuán feliz era, cuan majestuosa era la Madre tierra bendiciendo su existencia, no importaba lo que deparará el futuro , la cuestión era vivir el ahora y estaba bien. a pesar de su corta edad sabía cosas que otros no, como el color de los días y a que huelen las semanas, más que saber el nombre del día aprendió por colores a distinguirlos así que las flores por días le recordaban una época tras tiempo donde fue feliz, quizá en otra vida.
Se levantó con el mismo cuidado de siempre, se despidió de los patos y su parpeo le indicó un hasta pronto, sonrío y dijo quedamente: HASTA SIEMPRE...
Regresó a la cocina, vio a su abuela con el delantal beige y almidonado, sus largas trenzas bañadas de plata, caían hasta su cintura, cuando volteo el rostro sus ojos aceitunados conservaban el brillo de la juventud que un día marchó por el horizonte, su rostro con marcas del tiempo herido enmarcaban la sonrisa radiante de un día soleado en verano.
Le miró con nostalgia, como si el tiempo se hubiese congelado, por un instante en una fotografía, todo estaba dispuesto tal como lo recordaba , el fogón con el crepitar de la leña tan sereno, el pocillo llenado hasta el límite donde se desborda como el canto del violín, el olor a pan de anís, las cazuelas de diferentes tamaños adornaban la pared en la parte izquierda, sobre la mesa había habichuelas que limpiaba para comer cada tercer día, un poco de morcilla y siempre un melocotón para perfumar la alacena.
Nada había cambiado, las sillas de madera rústica, la mesa y esa abolladura en la parte derecha inferior que la hacia verse dispareja en el lienzo del bodegón que parecía.
Su abuela le miraba sin mirar y fue entonces cuando alargó su mano para abrazarla y entonces... se escuchó una voz en el pasillo , era una voz que le parecía muy familiar pero no recordaba de donde, cuando apareció un hombre joven , de cabello rubio y quebrado, ojos azules como el océano atlántico, de manos alargadas y llenas de callosidades con unas truchas que había pescado según le comentó a su abuela, pero a ella una vez más e ignoró como todos los días, no se cansaba de fingir no verla, era ya casi normal, él se dio la vuelta y notó que cada día renqueaba un poco más, la caída del alazán dejó una huella.
Se enfiló hacia el piano que estaba en la sala, levantó la tapa , empezó a querer tocar una melodía pero las teclas no reaccionaban, cerró los ojos y los acordes sonaron C, G C mientras la derecha MI - MI - FA - SOL - SOL - FA - MI - RE - DO, la melodía salió sola, al terminarla notó que la casa estaba en silencio...
Regresó a la cocina y observó todo igual excepto a su abuela, ella estaba afuera mirando hacia el estanque, con los ojos detenidos por el tiempo y quizá lloraba un poco, cuando escuchó que decía:
No tenías que irte así tan de repente ... fue entonces cuando recordó que ya no pertenecía a ese tiempo, a ese espacio y hacía mucho había emprendido un viaje , ella seguía visitando lo que amaba todos los días, pero al caer la tarde también se lleva algunos sueños y era el tiempo de partir a las estrellas, mañana regresaría y retornaría para ver con su eterno delantal, el olor a anís y sus ojos mirándole siempre con amor, el tiempo que amó.

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